Gayle Rubin y su feminismo inmoralista

Me invitaron a escribir este texto introductorio a una nueva edición de El tráfico de mujeres que pronto se relanzará

 

 

Gayle Rubin debe ser recordada por todas las golfas por ser una de las fundadoras de ese proyecto llamado Samois, primer grupo lesbofeministas de sexualidades BDSM en medio de las guerras feministas contra las trabajadoras sexuales, que tanto ella como Califia también apoyaban. Sostuvo con su propio cuerpo un feminismo inmoralista, extra-moral, libertino, sexuado, y agresivo colocándose ella misma en riesgo con sus poderosos textos en un momento donde otras feministas feministas como Mckinnon y Dworkin no dudaron en establecer alianzas con la gestión Reagan y sus escuadrones antivicios, lo cual, como era de esperar redundó en la destrucción de las alianzas queer de lesbianas lúmpenes y maricas malas, sin tocar ni un pelo del emporio Playboy.

Como suele ocurrir con las feministas ya clásicas, muchas veces son mencionadas pero rara vez leídas in extenso. Obviamente, quien se adentre en este texto, se sumergirá en una experiencia de la máquina del tiempo: un momento de gloria donde el feminismo no luchaba tanto por su derecho a la maternidad o al matrimonio sino por su monstruosidad sexual, sin tapujos ni pelos en la lengua. Es ya extraño y poco usual encontrar textos escritos con las ideas y la vehemencia de Rubin, quien a su vez se encontró entre las primeras en desarrollar una teoría del análisis del trabajo doméstico gratuito e impago realizado por las mujeres y legitimados por la supuesta cultura fundada en la prohibición al incesto.

Si algunas de nosotras hemos podido desarrollar sexualidades no hetero y no normadas (porque también existe la lesbonorma) mucho ha tenido que ver con el legado de Rubin, una de cuyos mayores aportes ha sido este texto, el Tráfico de mujeres, donde se atreve a realizar una objeción al modelo tanto del don de Mauss como la exogamia y el tabú al incesto de Levi- Strauss, al hacer notar la omisión de ambos: si nuestra cultura se origina con la prohibición al incesto hay una prohibición anterior, invisible, e indecible que es el  tabú a desear a hermanas y primas, y cómo ese fenómeno no fue voluntariamente consentido, aunque desconozcamos las guerras y las sangres vertidas en doblegarnos como las esclavas reproductoras que somos hoy. Ese tabú tiene, asimismo, como objeto, colocarnos a todas en nuestro papel de esclavas-prostitutas impagas de este sistema político imperante. Hasta el día de la fecha, incluso los filósofos más avezados en política económica, como el francés Lordon o el grupo Tiqqun, son incapaces de desarrollar teorías que tengan en cuenta por qué somos generalmente las mujeres quienes estamos a cargo del trabajo doméstico.

Rubin utilizó todos sus artilugios antropológicos para demostrar cómo ciertas formas sociales de trabajo, huelga decir, bajo el capitalismo, requieren ciertos tipos de personas, con ciertos tipos de conducta. Así es menester en las sociedades occidentales, especialmente, que la pequeña perversa polimorfa sea producida en cuanto humano normal. En su denuncia, cae en la volteada de manera contundente y sintética el psicoanálisis todo, sobre todo el freudiano, y su innegable papel castrador de las potencias del cuerpo para aquellas que somos objeto trágico de intercambio y aquellas que somos “don”, regalo para los varones.

El feminismo, tal cual Rubin lo pregonaba, debía, y aún debe, luchar por la eliminación de la opresión y los papeles sexuales obligatorios, desde la heterosexualidad obligatoria, donde el sobrevalorado pene  está en el centro, hasta las coartadas usuales que se exigen para que sean excusa para aparearse, siendo la pareja monógama heterosexual (en tiempos de Rubin) el vértice superior de la pirámide. ¿Por qué continuar organizando la sexualidad con forma de parentesco y reproducción? ¿Por qué ese especial interés en el matrimonio legitimador tanto del parentesco, como de la reproducción y la sexualidad cuando no de la ocupación de poblaciones que según occidente sufren niveles de atraso y por ende habría que “liberar” y “civilizar”?

El parentesco, desde su perspectiva no puede ser escindido de la propiedad privada y las personas como propiedad, especialmente las mujeres, cuya prohibición atávica es que deseen a otras como ellas, desposeídas, según su teoría, del falo legitimador para la selección y expropiación de una mujer con fines reproductivos. Así, la sexualidad no solo es pensada, esculpida y creada (claro, la sexualidad es una construcción cultural, queridas amigas) de acuerdo al matrimonio y a las formas de intercambio exogámico que pasan por alto esa primera prohibición no dicha, y como ya hemos mencionado, el deseo por la madre, la hija, la hermana, la prima, la abuela. De ese modo, las relaciones y  prácticas sexuales que queden fuera del límite de esa ley se vuelven ya sea ilegibles, insostenibles, indigeribles o directamente exterminables; sexualmente irrepresentables para la normatividad. Rubin se adelanta a su tiempo y demuestra cómo entonces bajo las condiciones patriarcales, que anteceden al capitalismo, pero que continúan con él, ser mujer es ser lisa y llanamente una esposa privada no solo de conseguirse una esposa para ¡sí, sino de establecer lazos de afinidad y amor entre mujeres por fuera del matrimonio. Ser mujer entonces como en Monique Wittig, a quien ha leído y menciona, es un constructo social mucho más que una función biológica. Así nuestra opresión mucho más que biológica es social, es decir política.

Por supuesto, este texto insoslayable, ha envejecido y para el gusto queer de las más ortodoxas post-estructuralistas se encontraran con nociones que no serán de su agrado total. No obstante, consideramos menester volver a las fuentes para comprender qué y cómo se nos ha normalizado hasta la desvitalización cuando al venir al mundo contábamos, según nos expresa Rubin, con todas las posibilidades sexuales disponibles para la expresión humana y solo algunas de esas posibilidades se expresan mientras otras son reprimidas no solo en lugar psíquico, si no en sus marcas físicas, sus cortes, sus persecuciones.

El tabú al incesto para este artefacto político heterosexual llamado mujer no opera como en los varones sobre algunas mujeres, sino sobre todas las mujeres. Se nos niega la posibilidad de amar no solo a la madre sino a todas las mujeres por extensión. En una suerte de intento proto-queer, la poco leída Rubin advierte sobre la necesidad para su subsistencia de un movimiento feminista que sueñe no solo con la eliminación de la opresión de las mujeres sino con la eliminación de las sexualidades y los papeles sexuales obligatorios, y finalmente con la creación de una sociedad andrógina y sin género aunque no sin sexo en la que la anatomía, ese recorte o estratificación del cuerpo, anulación y masacre de las potencias no tenga ninguna injerencia para lo que una quiera poder hacer, cómo y con quién puesto que los sistemas sexo/género, siendo ella la primera feminista en trabajar sobre el tema, son productos de la actividad humana histórica. Por ende, sería de sumo interés para el desarrollo de nuestras potencias al máximo no vernos asimiladas y obturadas por las ideas heterosexuales de lo que una vida vivible debe ser.

Resta por ende estudiar la opresión con un enfoque político mucho más que económico. De ese modo, tal vez, la reina Dido, en vez de suicidarse por un abandónico y viril troyano ensimismado con su destino de fundar Roma, podría felizmente vivir con su adorada hermana, Ana, hasta que la muerte las separe.

Leonor Silvestri. 2017.tarjetapersonal

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