La Casa de la Diferencia: feminismo, eugenesia y exterminio (I, II, III)

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La Casa de la Diferencia: feminismo, eugenesia y exterminio (Primera entrega)

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Leonor Silvestri comparte intuiciones políticas y personales sobre el entrecruzamiento de diversidad funcional, discapacidad, capacitismo y eugenesia, vehiculizado por el feminismo actual.

Por Leonor Silvestri para La tinta

Los feminismos han creado la axiomática más contundente que las mujeres lato sensu y no sin conflicto, hayan oído jamás. Mi cuerpo es mío. Mi cuerpo, mi decisión. La biología no es destino. La libertad comienza por el vientre. Lo personal es político. No fueron frases para ilustrar remeras confeccionadas por mujeres oprimidas en talleres clandestinos y explotadas en fábricas legales. Se trataban de aforismos a desarrollar de manera práctica y vital, concretamente en la cotidianidad de las que se reclamaban feministas tanto como aquellas que -aún- no. Así, en esa conflictividad, negada, invisibilizada y temida, la lesbofeminista afro-descendiente Audre Lordeacuñó una de las frases favoritas del movimiento que se empezó a definir como “la casa de la diferencia”.

No obstante, así como muchos de esos enunciados fundacionales de la vida contemporánea de muchas de nosotras no llegaron a la vida concreta y material de otras de nosotras, la casa de la diferencia ha sido tolerada en tanto la diferencia no sea tan diferente. En tanto la diferencia pudiera ser dotada de una forma física y un actuar humanista y humano.

La discapacidad como diferencia

No es la primera, y probablemente no será la última vez, que el feminismo debe repensarse para devenir los feminismos. Así como las lesbianas increparon a Friedan que las denominó “la amenaza violeta”, injuria de la que se apropiaron; así como luego las afrodescendientes tuvieron algo que decirle no solo al feminismo heterosexual sino también al blanco (lésbico y no); así como más tarde las trans, las queer, y las intersex hicieron sus entrecruzamiento; también las chicanas, y las descoloniales, las originarias, las migrantes, las musulmanas, las trabajadoras sexuales, se sumaron al debate para complejizar (mucho más que incluir y ampliar) esa casa de la diferencia.

Cuando los feminismos (muchos incluso de los mencionados arriba) han tenido que lidiar con otras formas de vivir, sentir, o verse, esas que tienen un diagnóstico médico, un certificado de discapacidad, o tal vez no, en general el material a discutir comienza a ralear. Esto sin perder nunca su tono victimista, condescendiente, piadoso, apenado, su subjetividad de “pobrecitas las anormales” al punto tal que (mientras quiero creer que ninguna feminista insulta con un “negra de mierda”, y tantas se reclaman lesbianas políticas) la identificación con la “discapacidad” como categoría necesaria para el análisis material de los feminismos aguarda en el estante de las diferencias sentidas como enfermedades que hay que curar o evitar.


Porque la diferencia es aceptable en tanto y en cuanto aceptemos que algunas diferencias, por ejemplo las diferencias que la corrección política ha denominado “diversidad funcional”, sea tolerada como inferior o un mal o calamidad por la cual sería mejor no pasar o a reparar, de ser necesario mediante un aborto selectivo, usualmente para que no sufra, tal es su excusa.


La discapacidad es esa deshonrosa experiencia, cuyas potencias nadie reclamara, pero de la cual todo el mundo se compadece sin registrar que la compasión es una de las formas de hostilidad que se sufren mucho más que un cierto tipo de corporalidad con ciertos requerimientos singulares, más o menos, específicos y en distintos grados de incordio.

La discapacidad no es responsable de que se considere como pasivas, impotentes y poco atractiva a aquellas personas que presentan una variación visible sobre el estándar de normalidad que los feminismos han de tolerar. La discapacidad no es responsable de que ciertas personas henchidas en su capacitismo no puedan soportar la experiencia del dolor ajeno y pierdan el sentido de la propia vida ante él, que probablemente estaba perdida de antemano.

El feminismo logró, paulatinamente, lo que el marxismo: su sola enunciación, enunciarse como “feminista”, es condición suficiente para que una persona sea una hada revolucionaria de la bondad y el amor que viene a sanar el mundo haga y diga lo que sea. Desde la utilización de paradigmas discapacitantes hasta la creación de un proyecto de ley estigmatizador y eugenésico contra la diversidad funcional.

Pero, ¿podemos afirmar que la discapacidad existe en sí misma? Y de ser así, ¿qué operaciones están realizando los feminismos con este tema?

Elijo luego existo

Uno de los elementos claves sobre los que se asienta nuestro occidente capitalista es el derecho a elegir. No importa que año a año las elecciones demuestren que en el mejor de los casos una selecciona de la góndola de la participación política aceptable el único producto al cual quedó lo político reducido: el voto entre un muffin, una magdalena o un cupcake; entre un wafle, un panqueque o un crepe. Importa poco el ejemplo reciente catalán y su referéndum. Tampoco es de interés si ya el post-estructuralismo ha demostrado in extenso que el yo soberano que puede elegir es una gestión, o si, subyugadas, elegimos nuestro propio sometimiento, si consentimos y colaboramos en nuestra propia opresión.


Los feminismos rara vez se detienen a revisar sus postulados. Por eso, mientras se apele a la “libertad” de “elegir” en lo que respecta al aborto debemos todas acríticamente apoyar (categoría ésta la de la elección que no siempre funciona para sostener las vidas de aquellas que desean ser trabajadoras sexuales, casualmente), cual lógica bolchevique, o seremos sometidas al vilipendio de contrarrevolucionarias, pro-vida, antiabortistas, aunque sepamos que el deseo es una construcción, que el yo una ficción, y que finalmente, ya para ponernos spinozianas, sepamos que juzgamos algo bueno porque lo deseamos y no deseamos algo porque lo juzgamos bueno. Es decir, juzgamos que “mientras sea sanitx/a/e” puede haber una maternidad deseable, deseada, empoderadora y hasta subversiva.


En nuestras regiones, mentes brillantes que añoran imprimir su página en los anales del feminismos autóctono han desarrollado una estrategia para, supuestamente, obtener la legalización del aborto, lo cual ya a priori supone la legalidad como el mejor paradigma posible, y el hospital y el estamento médico como el mejor sitio y el mejor personal con la mejor capacitación para llevar adelante dicha tarea. La estrategia puso sobre el tapete sin demasiado recelo la creación de una serie de causales que vistas de refilón parecen todas muy aceptables: riesgo de vida de la persona gestante, embarazo producto de violación, y grave malformación del feto, de este lado de la cordillera; del otro lado, más sutiles, por ende más insidiosas: inviabilidad fetal.

En otras regiones (esas que son pudientes porque saquearon estas donde se nos niega el acceso a la interrupción de un proceso biológico no deseado) donde el aborto que ya fue aprobado hace rato (sin necesidad de esgrimir causales) ciertos grupos feministas desde hace un tiempo prudencial (por citar un solo ejemplo, el grupo berlinés Rote Zora desde los años 70) sabe bien que el aborto selectivo y las pruebas prenatales inciden de manera directa en la opresión de las personas así llamadas discas además de ser una trampa que en nada empodera o emancipa a ninguna mujer. Por lo pronto, una mujer con síndrome de Down se sentó frente a la presidenta Merkel y la increpó acerca de por qué en Alemania es legal interrumpir un embarazo de tercer trimestre si y solo si el feto es Down y en ningún otro caso.


El solo hecho de que exista la noción de causal “grave malformación” crea per se una serie de efectos que incluyen la devaluación in situ de las vidas que ya existen de las personas con discapacidades, el desaliento de visiones menos desesperanzadoras de la vejez, la culpabilización de aquellas personas que decidan continuar con su gestación pese al diagnóstico (a quienes se castigará por desobedecer el subyugamiento médico haciéndolas de manera individual responsables por el sostén de esa vida en las gestiones neoliberales) y por supuesto el refuerzo del poder médico que es en última instancia el encargado de trazar la frontera entre quienes son sanos -y por ende merecen todo-, y quienes son enfermos -y por ende o se someten a ser curados, si existe la cura, o mejor no nacen, puesto que las condiciones sociales (todas) se convierten en decisiones personales con soluciones biomédicas-.


Pero ¿en qué términos se percibe y presenta al personal médico esa elección que recae luego sobre el útero gestante como único responsable del apoyo, el sostén y obviamente de la decisión? ¿Cuáles son los condicionamientos y presiones sociales para elegir un destino que nadie elige, que nadie alaba, que nadie celebra, y que todo el mundo teme y utiliza de insulto? El destino disca en última distancia es el destino de nuestro paso por este mundo en tanto y en cuanto vivir significa deteriorarse, ser vulnerable, descomponerse, fragilizarse, ser mortales.

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Foto: Lucien Obesson

El aborto selectivo es percibido socialmente, entonces, no solo como una estrategia potable para hacer ingresar el aborto a la legalidad sino también como el encargado de curar una enfermedad, o evitar afrontar lo que carece de cura, cuando se trata de una condición. Y si no se trata de una enfermedad y no tiene cura supone entonces la creación de condiciones sociales para esa habitancia singular. Como se cree que no es posible, y también, aunque no lo diga nadie, que ser disca es un espanto, una atrocidad, un error de la naturaleza, entonces, conviene borrarla del mapa.

Asimismo, las pruebas prenatales, necesarias para estipular qué feto está gravemente malformado y cuál no, sirven para obtener recursos gubernamentales para montar instalaciones en épocas de recortes presupuestarios para asistencia médica (cualquier parecido con las estrategias actuales para anular la atención médica universal en esta región y su liasón con que no nazcan más onerosos problemas no es pura coincidencia, sino una demostración de cómo los poderes y sus estrategias se entretejen, y cómo a veces quienes redactan leyes están al tanto de qué cartas jugar en el juego de los tronos -la carta recorte presupuestario estatal, tercerización y subsidio de empresas privadas siempre son bien recibidas-).

Como anillo al dedo calza, entonces, la causal grave malformación en estos momentos donde el plan es retirar el acceso universal al hospital y al estamento médico que este país garantizaba, mal que mal, y que de haber sido vehiculizada so pretexto de ahorrar dinero o purificar la especie (aunque ese sea su sustrato) no habría sido tan bien recibida como lo es algo que viene bajo la etiqueta de “feminismo”, “legalidad” y “derecho a elegir”. Es decir, mientras la causal “riesgo de vida de la gestante” es humanitaria, y “violación” es pura lógica con la que no podríamos estar de acuerdo; “grave malformación”/“inviabilidad fetal” responde a intereses económicos, por caso gestiones políticas, y no se equivocan quienes la postularon como estrategia porque es muy plausible que una gestión gubernamental (dígase de la línea política que se diga) se interese sobremanera por todo lo que le sirva para reducir gastos de manutención de gente inservible para acríticamente incorporarse a la línea de producción del capitalismo. Ya nos lo advirtió Foucault, el poder que se reconduce tras un aparente proceso revolucionario se vuelve doblemente insidioso, y en esta neo-lengua orwelliana donde el bien hace mal, las partidas presupuestarias dedicadas a la selección de quiénes deben nacer y quiénes no, serán invertidas en costosos exámenes prenatales genéticos, pero jamás en asistencia sanitaria de toda índole que harían de esas vidas (y las vidas anudadas a esas vidas) un lugar placentero. Así, las pruebas prenatales, muy promocionadas por las semiosis de género, instituyen el miedo a lo diferente, pese a que más del 90% de las “graves malformaciones” se producen durante o después del nacimiento (desde envejecer hasta accidentarse, pasando por los protocolos gineco-obstétrico-neonatoligicos que hoy son rutina), y son la excusa perfecta para que solo existan mano de obra eficiente producida a bajo costo a partir del equipamiento familia.

Habitualmente, a quienes apoyan, esgrimen y alientan las causales (todas) suelen echar mano, cuando interpeladas por su eugenesia capacitista, de que en una familia promedio (es decir, clase media, más o menos blanca, más o menos occidentalizada, más o menos académica, más o menos europeizada como la de la feminista promedio que piensa esas causales y las redacta en una ley para “ayudar” a las otras mujeres -obviamente las discas no están en el debate sobre la causal que las afecta de manera directa-) la carga de cuidados de una persona con discapacidad recaen sobre las mujeres, lo cual es (para este tipo de familias) innegable e indudable.


Por eso, conviene llamar a la reflexión a aquellas tan preocupadas por la sobrecarga de las mujeres como cuidadoras naturales dentro del dispositivo familia, que se ofenden ante la ineludible demostración de que sus argumentos son eugenistas, que las pruebas pre-natales sirven tanto como para que los cuerpos con útero seamos no solo los encargados de procrear el ejército de trabajadores y de reserva funcional y solidario para el capitalismo, gratis, es decir, las famosas tareas por amor sobre las que nos advierte Federici; sino también, gratis y por amor para que obremos de gerentas de recursos humanos y seleccionemos al personal adecuado para insertarse sin problemas en la cadena de trabajo del capitalismo, tal cual explica Johana Hedva en su marketinero Teoría de la mujer enferma.


¿Será acaso que ciertos fenómenos no pueden ser abordados sin un análisis crítico, que dicho sea de paso, los feminismos supieron tener, del dispositivo familia y de la reproducción humana? ¿Será que no es posible una simplificación tan flagrante como “grave malformación del feto por el bien de la mamá oprimida por las tareas realizadas por amor” sin tener en cuenta otros factores que se interceptan, como ser qué es considerado humano y quiénes deben ser preservados y cuidados en sus singularidades (desde animales hasta discas, pasando por máquinas) dentro de ese dispositivo llamado “familia”?

En el más antropocéntrico de los mundos hasta hoy, donde un bosque y toda su biosfera es susceptible de ser incendiado por intereses inmobiliarios, por qué no producir de manera automática, vehiculizada por ideas de bien e igualdad democrática y derechos ciudadanos, la distópica fábrica familiar de obreros sanos. Es de público conocimiento que uno de los grandes medidores que traza la línea entre adaptados, adaptables, inadaptados, sanos y enfermos es su capacidad de producir dentro y bajo las lógicas postuladas por el capitalismo.

La semana que viene la Segunda entrega. Hasta entonces.

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Foto: Florencia Di Tullio

 

El trabajo nos hará esclavas

Así como el colectivo LGTB ha tenido que demostrar, para obtener el derecho a procrear, (una obviedad no tan deseable, huelga decir) que sus hijos iban a ser normales (es decir potenciales policías o militares, presidentes o gerentes de multinacionales, banqueros) en vez de prometer lo contrario (ningún Trump nacerá de una familia lesbiana, por ejemplo). Así las personas con discapacidad debemos demostrar que podemos trabajar, que somos aptas para las labores dentro del capitalismo, que nuestra existencia es un aporte a la sociedad, cuando sabemos que buena parte de los males de este mundo derivan del hecho de tener que trabajar, ya sea como trabajo enajenado o enajenándose, al decir de Gutiérrez Aguilar. Trabajar y ser un aporte a la ciudadanía sin causar demasiado incordio, como todo índice de salud, como todo indicio de vida vivible, deseable, deseante; en vez de desafiar las lógicas que hacen de nuestras vidas, las discas y nos discas, una miseria existencial, y repensar la discapacidad como una postura física concreta anticapitalista. Un llamamiento a la huelga humana en posibles agenciamientos cyborg con máquinas y devenires animales.

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Foto: Lucien Obesson

En este controvertido contexto, existe una creencia muy arraigada de que vivir con un cuerpo supuestamente sin discapacidad (tal vez tan solo sin diagnóstico) es mejor que vivir con un cuerpo que es diferente o que le han dado un diagnóstico. ¿Aprobaríamos tal argumento falaz si aplicara a tener rostro marcadamente afro-descendiente o de población originaria? ¿Con qué parámetros se mide que una vida es más vivible que otra? ¿La libertad no empieza, como dijo Beauvoir, por el vientre, si del vientre nace alguien que se condice con el ideal regulatorio de cómo un ser humano debe verse, vivir, pensar, producir, afectarse, sentir, moverse? ¿Por qué los patrones occidentales fijan que ser una profesional exitosa, casada o en pareja feliz, hetero o no, universitaria con dos doctorados y una familia como la de las revistas y un empleo “estable”, es mejor que una vida como guaraní o como trabajadora sexual, o como golfa que no se quiere reproducir ni tampoco casar y le gusta tener relaciones sexuales sin condón por propia decisión?

No me consta que la vida de nadie en silla de ruedas sea peor que la mía solo por utilizar una silla de ruedas, y viceversa. No me consta y creo que hace mucho daño hablar de extensiones técnicas de nuestra plataforma somática como tumbas o cadenas (sea una silla de ruedas, bastón, lentes de contacto, implante molar o bolsa de ostomía). Así como ya se planteó deconstruir ciertas ideas hegemónicas del éxito social, es menester realizar la misma tarea sobre las plataformas somáticas. Ignoro si Stephen Hawkins es feliz o no, seguramente en algún punto se beneficia de ser varón y muy adinerado en un mundo patriarcal y capitalista del mismo modo que su plataforma somática no le ha impedido el desarrollo de una vida interesante de ser vivida. Si el planteo es entonces económico, ¿realmente somos capaces de aventurarnos a decir que la clase media vive mejor, y por ende lo que hay que hacer es esterilizar y eutanasiar a toda aquella población por debajo de la línea que la clase media prescribe e indica como vida vivible, por el bien de las mujeres que no pertenecen a dicha clase social?

Esa es la operación que se realiza cuando se entrega el cuerpo al testeo genético y al aborto por causales, es decir cuando se considera que una vida que no se condice con los parámetros de la normalidad es menos valiosa, menos relevante en algún punto, que otras: Mengele sueña sus hijos rubicundos, arios, y capaces a través del sueño maternal de “…mientras tenga salud”. ¿Quiénes se benefician de esa quimera indeseable de “discapacidad cero” como si habláramos de “pobreza cero”?


Contamos con la información necesaria y suficiente de qué se considera “normal”, “válido”, “sano” por la corporación médica: desde la experiencia aportada por las vidas de las personas trans e intersexuales, los intentos médicos de borrar del mapa a las segundas, puesto que presentan una variación en el estándar de normalidad del binomio; hasta los intentos de “corregir” y “normalizar”, y en ese gesto crear la categoría identitaria que bien es utilizada como barricada de lucha. El exterminio literal dada su manera de expresar y vivir su existencia (mujer con pene, varón con vulva) que no se condice con la norma hetero del binomio ni cuando el passing es perfecto y post-opt; hasta el encarnizamiento del parto medicalizado en la sala de hospital.


“Cuando te lo hacían no gritabas tanto” es una frase que conocen todas las que aún ignoran que la obstetricia moderna nace de la mano de los experimentos del Dr. Simms sobre mujeres afrodescendientes esclavizadas (Anarcha, Lucy y Betsy) a las que torturaba sin anestesia probando utensilios ginecológicos que hoy se usan en todas. O el casual caso del Dr. Pincus, con el auspicio progresista de la feminista liberal Margaret Sanger, testeando la “píldora” anticonceptiva en Puerto Rico, Haití y México…

En este clima epocal, ¿qué piensan hacer, entonces? ¿Eutanasiar ipso facto a todas las personas pasada determinada edad -porque TODAS vamos a tener un cierto grado de discapacidad SI o SI pasado cierto momento-? ¿o ante la menor modificación corporal que no se condiga con lo que un cuerpo normal y humano debe ser como una distopía de ciencia ficción como forma de cura? La discapacidad no es erradicable incluso mediante el exterminio de toda una población, o impidiéndole llegar a término so pretexto de la autonomía. No solamente no es factible puesto que es deseable para muchas de nosotras envejecer, con la pérdida de ciertas facultades que eso conlleva (y de lo cual no se sigue una vida indeseable), sino que simplemente es una idea lisa y llanamente exterminadora: desear la no existencia, la desaparición de aquellas personas con discapacidad, es decir erradicar la diferencia antes de lidiar con ella.

¿Cómo se llegó tan lejos hasta rehilar la lucha por la garantía del derecho al acceso al aborto con el exterminio de todo aquel que no sea utilizable para la correcta vida capitalista? El mero hecho de que todo un movimiento de mujeres se atreva a pensarlo sin matices, o peor: no haya pensado cuál puede ser la utilización posterior y que se esconde detrás del muy abstracto “grave malformación”, pero se crea vanguardia de pensamiento, eriza los pelos de la nuca.

Comprendo perfectamente que parir una persona que inmediatamente será diagnosticada como discapacitada no sea el sueño de la familia ideal de nadie como en su momento comprendía que alguien no deseara tener hijos homosexuales para que no sufrieran tanto (sic) en una sociedad con crímenes de odio contra cualquiera que no sea un varón heterocis, del mismo modo que comprendo que varón y mujer también son diagnósticos médicos de otro proceso biológico patologizado (el parto) dentro de una cultura heterosexualizada binómica. Pero comprender no es ni aceptar, ni apoyar, ni desear. Comprendo pero rebato.

El modelo capacitista de una sociedad

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Foto: Lucien Obesson

Si la discapacidad es una creación social, tal como el modelo social de la discapacidad ya lo ha demostrado (contamos con los artilugios técnicos suficientes como para que ninguna singularidad física quede exenta del espacio público, por ejemplo), ¿cómo se puede prever de antemano quién es discapacitado? ¿Cuál feminista osaría recalcar que la pobreza no es estructural, y que una mujer bajo la línea de pobreza se beneficiaría de una esterilización forzosa para no traer más pobres al mundo y para poder, tal vez, ella, en ese gran mito, del ascenso social, ser más pudiente? Si la pobreza es estructural, y no una condición existencial somática “pobre”, una responsabilidad individual a subsanar por pura fuerza voluntaria, culpa congénita natural, pobreza cero no quiere decir exterminar a los pobres, ¿o sí?

Ahora bien, si la discapacidad es sólo social, y la sociedad no está preparada, por decir algo, para abrazar una vida no normal, entonces el razonamiento es “mejor que no nazcan”. ¿O sostendremos argumentos de exterminio disca so pretexto de que muchas hubieran preferido no nacer porque la vida, como bien se sabe, no es bella incluso cuando no duele el cuerpo o la mente? ¿Sería abortable entonces, so pretexto de terminar con la pobreza, de garantizar mayores libertades individuales de las mujeres cabeza de familia la prole de los pobres? Más aún, cualquier feminista sabe que una existencia como varón (incluso trans, tal como el actual Jack Halberstam, cuando firmaba como Judith, en su ya clásico Masculinidades femeninas nos hacía notar acerca de cómo era más favorablemente percibida la masculinidad trans que la masculinidad butch/bombera) es menos opresivo que ser mujer (excepto alguna que otra antropóloga mediática que sostiene que la principal víctima del patriarcado es el varón). No obstante ¿quien está de acuerdo con deshacernos, por el bien de sus vidas que no serán tan buenas, de las así diagnosticadas al momento de nacer, mujeres? ¿Quién está de acuerdo con los filicidios selectivos de niñas en ciertas regiones del mundo?

El sueño de una auto-determinación colectiva contra la integración se ha perdido en pos de la legitimación de procesos y responsabilidades individuales: que occidente sienta la necesidad no solo de reproducirnos, sino de reproducirnos de acuerdo a sus propias lógicas de qué es sano, es una muestra de cómo somos las encargadas de la labor de reproducción pero también las culpables de cualquier desviación, cuya solución corre por nuestra cuenta, por “nuestro propio bien”. La causal “grave malformación”/”inviabilidad fetal” alimenta de manera sistemática el terror a la discapacidad que va de la mano de una forma de pensar como ROI (return of invesment) propio del capitalismo más actual.

 

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Mutantes y Orgullosas

Sin embargo, más allá de todo modelo social de discapacidad, más allá de toda sociedad discapacitante, más allá de cualquier infraestructura, hay una materia, un cuerpo, existe soma. Buena parte del colectivo de diversidad funcional, cuando no está ocupado en la inversión de una gran porción de su activismo en poder hacer un uso (asistido o no) placentero de ese cuerpo dado que con la discapacidad se infantiliza y se desexualiza; o en demostrarle a la sociedad cuán valiosa es una vida disca para esa misma sociedad que discapacita, controla, impide y vulnera, hace un llamamiento para volver a la “minusvalía”, a la tullidez. Porque sea la que sea que un cuerpo sienta al respecto de su condición, quienes la portamos sabemos que no es una categoría definitiva ni una experiencia única y absoluta de por vida. Desde la remisión de ciertos estados, hasta la variación en las formas de disponer la vida es imposible jugar a la bola de cristal y pensar que el destino disca está de antemano signado de manera negativa de una vez y para siempre por el genetista de turno cargado de poder para detectar tal o cual trastorno, tal o cual síntoma, tal o cual deficiencia.

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Foto: Florencia Di Tullio

Porque pese a toda la evidencia, pese a la alianza estratégica entre poder punitivo, psiquiatría, psicología, peritaje y genetistas; pese al análisis de Foucault de los biopoderes, pese al régimen farmacopornográfico de Preciado, pese a que todavía hay entre nosotras personas que vivieron una vida no heterosexual cuando la homosexualidad aún era considerada una enfermedad tratable (hasta hoy, en ciertos lugares, más o menos occidentalizados), pese que el DSM, ese gran manual que diagnóstica y patologiza todo lo que no puede judicializar ni criminalizar, pasó de llamar a las personas trans “psicóticas” a “disfóricas” hasta su actual políticamente más correcto “incongruencia de género”, pese a las alarmantes cifras de encarnizamiento médico y violencia obstétrica, pese a la genealogía del obstetra antes mencionado y la tortura de las mujeres esclavizadas en las que probaba tratamientos, se cree que un screening detectará, y vehiculizará el aborto, posteriormente, solo de cuerpos informes sin cerebro, materia orgánica que no consiguió organizarse, cuerpos sin pulmones, sin corazón, sin sistema nervioso central, mazacote de moléculas; y no a todas aquellas personas cuyos cuerpos se hayan ido a la huelga humana, por las buenas o por las malas.

Del mismo modo, ¿que será de las personas que se discapacitan más adelante en el transcurrir de la vida producto de eso mismo, vivir? ¿Se las eutanasiará? El aborto por causa de lo que la medicina y la sociedad consideran un cuerpo minusválido detectado prenatalmente en pos de que no sufra ni quien nace ni quien lo cuida, no solo en nada discute el poder médico o desafía la organización familiar patriarcal, asimismo le otorga un trabajo fijo y gratuito más al útero gestante (además de parir, seleccionar), ahorra dinero y es muchísimo menos oneroso que atender discas no rentables porque obviamente, pese a toda la evidencia (¿me veo acaso forzada a citar aquí todos los ejemplos discas, tal como la sociedad me pide siempre, valiosos para la historia humana: Toulouse Lautrec, Ian Dury, Frida Khalo, Stephen Hawkins, Danny de Vito, Van Gaugh, Beethoven, Louise Braille, Hellen Keller, Stevie Wonder, y un largo etc.?) una persona disca no tiene nada que aportar, o peor aún tenemos que demostrar que podemos ser un aporte para tener el mismo derecho a existir que un jugador de Temperley que viola a una mujer.


Más aún, proclamar que las personas con discapacidad somos una inspiración es algo que viene desde un lugar de lástima, de pena, de conmiseración, un lugar cristianuchi con un tufillo secreto donde lo que se siente es “ojalá no me ocurra” o “yo no podría”. ¿Por qué no tenemos derecho a no ser nadie, a hacer la plancha existencial, obligadas a vivir no solo de cara al estigma, el rechazo, la persecusión, el ostracismo, la infantilización, la repugnancia que producimos, sino además y pese a todo eso tenemos que esforzarnos en demostrar que somos valiosas socialmente en una sociedad que no vale ella misma nada?


Si por el bien de las mujeres se nos propusieran screening prenatales y una causal de aborto legal hospitalario que fuera “varón proto violador” me tildarían como poco de misándrica cuando no de algo menos griego, menos bello….No obstante, si lo que realmente nos preocupa es el bienestar de las mujeres, pues tal vez deberíamos poder pensarlo y pedirlo como se está proponiendo un aborto por causales que en nada liberará a las mujeres de la pesada carga que significa no solo reproducir sino que esa reproducción esté estatal y medicamente tutelada.

La discapacidad o la minusvalía (dejo a los exegetas de la corrección política que elijan el epíteto perfecto y me corrijan) no se supera, no se vence, no se lucha contra ella. Ese es el modelo capacitista. Somos nuestra discapacidad, y esa discapacidad es lo que nos lleva hasta donde hemos llegado para lo bueno y para lo malo porque la manera en la que un cuerpo se manifiesta, la manera en la que se expresa, es el modo a través del cual experimentamos este mundo. Presuponer que desde unas ciertas facultades legitimadas por el mundo occidental esa experiencia vital es más relevante y merece ser sostenida y tenida en cuenta; mientras que ciertas otras no, es el germen del exterminio, del fascismo, y de la experimentación en seres humanos para perfeccionamiento de la especie con fines capitalistas: asalariados, dependientes, dóciles pero con fuerza mental y física para aguantar la jornada devastadora o la espera a ocupar ese puesto. Y resuena la voz de Wilhem Reich diciéndonos por primera vez algo que aun no tenemos claro: las masas desearon al fascismo, no se les impuso; el fascismo, el lugar de llegada de la democracia y no su opuesto antagónico, cuya máxima prerrogativa es elegir.

Aprender a jugar al ajedrez: nada de nosotras sin nosotras

En cambio, se podría pensar en las oportunidades que los estados valetudinarios, al decir de Nietzsche, puede presentar para los cuerpos, en las potencias que permite invocar. La vida se desenvuelve de una manera muy singular dependiendo de cierto tipo de cuerpo. Lamento que crean que aquello que la sociedad denomina discapacidad es la parte negativa de una vida. Más aun, si lo es, no lo es tanto por la discapacidad en sí, sino por el mundo en el que nos ha tocado vivimos: capitalista, capacitista, patriarcal.

Para eso, tenemos que incorporar la malformación, la discapacidad, a nuestra experiencia política deseante; repensar la autonomía como interconexión desde la experiencia vital de quienes sí nos gusta portar los cuerpos que portamos, se vean, actúen, se muevan o huelan como lo hagan. Empezar a estudiar la diversidad funcional, qué tenemos para decir las personas que hemos sido diagnosticadas o que padecemos la opresión capacitista sin intermediación, que debemos participar en la mesa chica donde se toman las decisiones acerca de nosotras mismas, volver al soma para dotarlo de sentido no como un mal a evitar que otorga indefectiblemente a la ya muy poderosa corporación médica y sus decisiones (recordemos y repitamos lo que no se puede criminalizar aún se puede patologizar y ser sometido a corrección y normalización). Dejar de callar (poner el grito en el cielo cuando se celebra que en Islandia ya no hay personas Down del mismo modo que debería dolernos el exterminio de ciertos animales y poblaciones originarias) o de explicar la opresión para empezar a combatirla porque esto abre la puerta a lo que podría llegar a ser un genocidio de estado terrorista encubierto y vehiculizado tras ideas de bien hacia las mujeres. Pero para eso deberíamos entender que la primera pieza que se mueve en el ajedrez a veces define toda la partida.

Bonus Track: Huelga de vientres/útero. La neurosis sexual de este mundo edipizado

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Foto: Lucien Obesson

Hoy en la parada del colectivo cruzamos miradas con un joven chico. Unx de nosotrxs. Me reconoció inmediatamente cuando saqué mi carnet de discapacidad, ese que pese a que mi condición no se cura hay que ir a renovar, ese que me permite hacer uso de mi derecho a usar un transporte público ya subsidiado estatalmente como beneficio social. Hasta encontrarme de frente con la discapacidad, yo, que siempre fui muy físicamente simétrica, muy dotada deportivamente y sin grandes problemas cognitivos para mi época (tuve suerte nací mucho antes de los diagnósticos de asperger, déficit de atención y demás formas de docilización) por eso más allá de un pésimo carácter y unas habilidades sociales que me condujeron al fracaso, pensaba que lo mejor que nos podía pasar a las mujeres era no reproducirnos.

Sigo creyendo como aprendí en los feminismos que la libertad comienza por el vientre. No obstante hoy puedo ver algo más que ese axioma que funciona para las mujeres occidentalizadas mayormente. Nunca creí que yo tendría que defender ciertos intereses tan difusos para mi como el derecho a reproducirse bajo ciertas circunstancias con el peligro que conlleva ser leída como una antiabortista o una pro-vida, pro- maternidad. Presento como huelguista de vientre dos enigmas más o menos imaginarios y distópicos en este punto para reflexionar:

*Primer caso

Una chica Down tiene, contra todo pronóstico familiar, relaciones sexuales y queda embarazada. La chica Down, que no fue esterilizada de rutina tal cual sugiere el protocolo médico a la familia de manera habitual, desea cursar ese embarazo y parir ese bebé. Los padres, en especial la madre, no. La persona que acompaña el dilema y ayuda en la concreción de la interrupción del embarazo empatiza con la madre de la joven Down y pese a que la joven Down no desea interrumpir su embarazo, accede la acompañante a asistir en la interrupción. Islandia festeja haber bajado su tasa de nacimientos Down a cero. Todo el mundo celebra. O casi. Al fin de cuentas no se considera que las personas Down deban tener sexo y puedan reproducirse, al fin de cuentas se trata de una “grave malformación”. Ese mismo día un pibe Down quiere comprarse una lata de birra en una cadena de supermercados y la cajera que se niega a vendérsela le dice: “Vení con tu papá si querés comprar alcohol”.

*Segundo Caso

A una mujer se le informa que está gestando un feto cuya vida no se prolongara extra útero por mucho más que un par de días en el mejor de los casos. Usualmente, ante estas situaciones, cuando el aborto era ilegal, corrían para practicarse un aborto sin más. Hoy es completamente legal realizarse un aborto por la causal inviabilidad fetal en el hospital público. Esta mujer no es adinerada, no cuenta con un servicio médico de esos que cubre todo. Pese a que se la ha informado de los riesgos y pese a que es consciente de que su feto no vivirá tras nacer, ella quiere proseguir con el embarazo. Le ha puesto nombre, lo siente su hijo. Quiere ejercer su libertad de parir. No sabe si volverá a estar embarazada. Pero su gestación debe ser acompañada, por ende, es onerosa, como costoso será el tratamiento que deba recibir la cría recién nacida para garantizar su sobre-vida en lo que el tiempo disponga, y su servicio médico no piensa correr con esos gastos, innecesarios, por el capricho de una parturienta que no desea someterse al traumático parto inducido, cesárea programada, y que sí quiere vivir un parto (tal vez el único posible). Por ende, con el beneplácito de su familia, su marido especialmente, juez de por medio, se le retiran las facultades para decidir sobre su propio cuerpo y el feto inviable que ella de cualquier forma quería parir es abortado sin su consentimiento. Ya no hay posibilidad de duelo, ni de velorio.


Habrá quien piense que estoy contra el aborto. La realidad es que estoy a favor de la vida disca porque hasta que no me convertí en una no supe de la gran salud que me producía -pese a todo el dolor al cual el mundo de los normales, esa patraña infecta en la cual los feminismos eugenistas se regodean, me somete y pese a que mi condición no siempre ni se ve ni se siente-.


Estoy a favor de que pensar no signifique simplemente posicionarse a favor o en contra. Creo en los devenires minoritarios (tanto la Down que desea ser madre y criará como todas las madres, como pueda…; como la mujeres que quiere cursar su riesgoso embarazo para apapachar a un bebé que vivirá horas, ponerle un nombre, hacer su duelo y enterrarlo) no sean obstaculizados por los órdenes mayores, pese a que yo sostenga que la libertad para nosotras empieza por el vientre y pese a que abortar haya sido para mí un alivio al cual recurriría cuantas veces fuera necesario.

Y esa es mi casa de la diferencia, la que habito desde que Audre Lorde, que enfermó de cáncer (tal vez el día de mañana una grave malformación genética detectable en un screening prenatal o al menos su propensión a tener un cáncer; al fin de cuentas en la época de Virgina Woolf ser lesbiana era una enfermedad con tratamiento), me prometió que los feminismos eran eso.

*Por Leonor Silvestri para La tinta.

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