Placer y Peligro. ¿Quién necesita el género pudiendo tener sexo?

una breve intro que me pidieron para una publicación sobre el clásico texto de Gayle Rubin, notas sobre una teorica radical de la sexualidad

Placer y Peligro. ¿Quién necesita el género pudiendo tener sexo?

Leonor Silvestri 2017

Más de una vez hemos echado en falta una teoría política sobre el sexo y la sexualidad en clave feminista que den ganas de tener justamente sexo, mucho más que reprimirlo o convertirlo en anodino. De eso se trataron todos los intentos, en nada fallidos, tanto escriturarios como la praxis vital de Gayle Rubin: identificar, describir, explicitar y denunciar la opresión sexual y la injusticia erótica de todas aquellas prácticas sexuales sometidas al escarnio y la persecución pública y privada por parte de las fuerzas policiales heternormadas del bien, algunas de ellas, incluso, que no las sorprenda, feministas, so pretexto de cuidar a les niñes y el futurismo reproductivo -al decir de Lee Edelman- (¿Alguien puede pensar en los niños?)

Pues Rubin pensó en quienes aquí y ahora querían ejercer su sexualidad más allá del estrecho corset de lo permito por el bien común que tanto se parece al régimen heterosexual, incluso cuando se trata, hoy, de la perfecta pareja lesbiana lesbonormada hetenormativa matrimonia igualitaria reproductora de las leyes del parentesco y la moral heterosexual. Los esfuerzos de esta antropóloga ya clásica dentro del lesbofeminismo prosexo se orientaron a la demostración de que nada hay menos natural que la sexualidad, tarea ya emprendida por Foucault, pero en clave lesbofeminista; sexualidad, a su vez, estructurada dentro del marco social permitido por las leyes de parentesco heteronormadas.

Así en la civilización occidental a la que le pertenecemos, creamos lo que creamos, y que rige sobre todas las otras culturas y formas-de-vida, toda conducta erótica se considera sujeta a revisión a menos que haya una excusa específica (el amor y la reproducción especialmente) para llevarla adelante. En nuestra sociedad el poderoso uso de lo erótico requiere pretextos; las leyes sobre el sexo son instrumentos preciados de estratificación sexual y persecución política (no por nada Néstor Perlongher, con la llegada de la democracia a la Argentina y la paulatina configuración de la CHA, se exilia al Brasil de los cultos afrosincréticos como “exiliado sexual”).

Por eso, nuestra autora, diseñó una pirámide, que hoy requiere ser revisada, pero cuya hipótesis principal (para coger hay que tener una buena coartada) no pierde vigencia. En su vértice superior aún continúa la correcta pareja heterosexual con fines reproductivos, si está casada en matrimonio legal aún mejor. Y en la base de lo denostado, lo más abyecto y aquello a patologizar, corregir, normalizar o eliminar aún se encuentran el erotismo inter o transgeneracional, especialmente entre personas de la misma asignación sexual biopolítica, tal vez seguidas por prácticas sexuales S/M, trabajadoras sexuales que disfrutan de su dinero y de lo que hacen (especialmente, pero no privativamente, si se trata de travestis). Mientras que en el medio, el asimilacionismo y el pink washing (esa mentira occidental que sirve para hacer desaparecer Siria del mapa o para que EE. UU. declare Jerusalén capital de Israel y cualquier otro lugar que no tenga un closet donde esconderse o del cual salir) han logrado ponderar e incluir dentro de la tan consagrada heteronorma a las parejas homosexuales del bien con hijes, especialmente si están casadas.

Asimismo, en la sagaz y peligrosa lectura de nuestra autora, cuyo estilo hoy sería imposible sin ser asesinada en la hoguera del feminismo del bien (aunque hay que recordar que tanto ella como el grupo lesbofeminista BDSM al cual pertenecía Samois era ampliamente perseguido), se afirma que las leyes sexuales en lo referente a la edad de consentimiento solo sirven para que la juventud carezca de acceso a ningún conocimiento disponible, lo cual redunda en mayores controles estatales, y para que la elaboración y socialización de armas para el ejercicio placentero de un disfrute sexual sin el control parental como agentes morales y del estado sea literalmente imposible. De hecho, el pánico sexual, en alguna de todas sus formas, como por ejemplo la apelación a epítetos tales como “depravados”, “pervertidos”, “enfermos” etc. para hablar de los hijos sanos del patriarcado, solo estimula el pánico moral necesario para el gobierno de la población sin fines reproductivos y el exterminio por vía física o por vía asimilacionista de grupos eróticos disidentes.

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En estrecha alianza con las trabajadoras sexuales y todas aquellas prácticas de una sexualidad que en vez de creer en un futuro heteronormado se fueron a la huelga de género y por ende, a la humana también, Gayle Rubin trabajó por un feminismo que no solo teorizara sobre la opresión sexual, sino por la libertad erótica sobre temas que usualmente la pobreza intelectual de muchos grupos les impide abordar, como ser la figura del consentimiento -tema tan extenso que reservaremos para otra ocasión-.

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Todas las golfas recordaremos a Rubin no solo por ser una de las fundadoras de ese proyecto llamado Samois, en medio de las guerras feministas contra las trabajadoras sexuales, que tanto ella como Califia también apoyaban, sino por su feminismo que hoy podemos denominar inmoralista, extra-moral, libertino, sexuado, peligroso, sensual, sexual, agresivo y alegre en un momento -que continúa hasta hoy- donde otras feministas como Mckinnon y Dworkin no dudaron en establecer alianzas con la gestión Reagan y sus escuadrones antivicios, lo cual, como era de esperar redundó en la destrucción de las alianzas queer de lesbianas lúmpenes y maricas malas, sin tocar ni un pelo del emporio Playboy.

tarjetapersonalCualquier parecido con la realidad de tu región, no es pura coincidencia, porque las gestiones son globales.

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