Rutilantes estrellas de la noche. La casa STAR.

Rutilantes estrellas de la noche. La casa STAR.

Leo Vidal

Para Peligrosidad Social, blog al cual le debemos TODO

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Es dificil escribir sobre la revuelta de Stonewall, Marsha Johson y Sylvia Rivera y decir algo nuevo, o al menos algo que tenga sentido hoy. Tal vez sea innecesario buscar decir algo nuevo. En cambio, pensar cómo se llegó hasta ahí, cómo siguió todo, y hasta dónde se ha llegado hoy, quizás, en un intento por deconstruir la deconstruir y fugar de la fuga, sea útil porque el enfoque nostálgico que ignora todas las alianzas y estrategias de resistencia que han habido pre Stonewall -o en otras latitudes donde no tenemos registro, dado que la historia siempre es contada con perspectiva gringa, ya se sabe, aunque sus protagonistas, en estos casos, no lo sean-, y que solo hace foco en la visibilidad como toda forma politica, traduce otra forma encubierta de imperialismo. Eso también se ha dicho, aunque cueste escucharlo.

Entre los antecedentes más conocidos del acontecimiento en cuya fecha se festeja el así llamado hoy Orgullo se encuentra la no tan famosa revuelta del Cafe Comptons donde, asimismo, se daban cita personas sexo-divergentes, pero sobre todo una escena de formas de vida críticas, o lo que podríamos llamar la comunidad de las sin comunidad, disidentes de varios órdenes, criminales, furia, deseo, placer y peligro. Como tantos otros antros a cuya vera se produjeron manadas, la particularidad principal de este café es que estaba abierto las 24hs. Por una consumisión mínima, trabajadorxs sexuales de calle turno noche, mulas, consumidores de todo tipo de servicios, maricas, y toda una serie de personas ínfames para el régimen heterosexual se daban cita, no sin conflicto pero a sabiendas de qué odio las congregaba y contra quién era. Que nos una el espanto, más que el amor. Ni el pacifismo ni su glitter aún había llegado. De 1950 a 1965 la declarada peligrosidad de los espacios públicos que hoy se encubre bajo la dádiva gay friendly creó un sentimiento de comunidad entre las desposeídas que tenían mucho más en claro de quienes no eran amigas.

Podemos, como ya se ha hecho, reprocharle a Foucault que a la hora de conceptualizar la amistad como modo de vida, no haya tomado inspiraciones y señales de este pasado reciente de identidades afeminadas y mariconas y sus amigas putas y tortas. Pero, más sensato que indignarse con los desaciertos de un autor es retomar su concepto en todo caso, revisitar desde una perspectiva histórica distinta al registro homoerótico de la masculinidad leather exacerbada que é utiliza. Porque la amistad como modo de vida del devenir homosexual de Foucault, en vez de responder a la pregunta quién soy, qué soy o cómo debo actuar según mi pertencia a tal o cual identidad dura y fija, es factible de ser pensado -y vivido- desde estas otras narrativas deseantes mucho menos masculinistas. El deseo homosexual, al decir del pensador francés, no es tan solo una forma de deseo sino algo deseable, un punto de partida desde donde crear un devenir, una ética deseante, un modo de vida -provocador y seductor- mas que tan solo una sexualidad incómoda. No es el acto sexual lo más inquietante para el régimen heterosexual sino las formas de cariño profesadas entre personas dispuestas a sostenerse a lo largo de la vida, sin vínculo de parentesco consanguineo, como se revela en el registro visual de la primera Nan Goldin y sus fotos extramorales sobre el apoyo y el cuidado mutuo de una comunidad que se veía diezmada por la pandemia del VIH -o por su medicación- o en el documental Paris en Llamas.

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Entre la literatura consultada, emerge un dato no menor que ha quedado subsumido por categorías identitarias rígidas actuales del abánico imperial LGTB. Las personas de género divergente y otros efectos descontrolados de la opresion binaria no son exactamente una persona trans binaria con deseos heterosexuales tal como hoy las leemos. Del mismo modo, tampoco toda expresión genérica originaria no reproductivista puede ser leida en terminos de occidentales. Imposible quedar bien con todo el mundo, la historia de las revueltas de los Estados Unidos, y su lectura posterior, permite entender cómo la lectura de la transexualidad desde aquel tiempo hasta Catlyn Jenner ha hecho parte de la asimilación y cómo es menester dejar de pensarla como territorio sacrosanto y poder esgrimir críticas para dejar de cometer desaciertos. En la Argentina, esa operación se realizó cuando ciertas activistas travestis colocadas en posiciones de poder como funcionarias estatales comenzaron a denominarse a sí mismas trans. Es evidente que no todas tenemos la lucidez de Sylvia Rivera que rechazó cualquier tipo de etiqueta identitaria que no fuera negativa (no ser hombre, no ser gay, no ser heterosexual) tal vez con afinada puntería de cómo iba a terminar el binomio reterritorializándose si se le permitía la menor posibilidad en pos de no inquietar.

Con ese gesto en mente, y tras lo que tal vez fueron no menos de 20 años de confrontación directa con las fuerzas represivas, la furia que en estos territorios denominariamos travesti, redundó en la formación de un proyecto singular, más no completamente único, conocido como la casa STAR, en inglés, estrella, pero tambien accion travesti callejera revolucionaria, fundada por Sylvia Rivera y su amiga Marsha Johnson, fruto del deseo de construir otro mundo en este mundo, una forma de desertar del desierto propuesto, y vivir una vida vivible dentro de una mala vida. Inapropiadas e inapropiables que no se rinden, las famosas palabras de Sylvia “si nos damos por vencidas, ganan ellos” se erigen fuertes y bellas contra quienes las quieren silenciar, para construir otra realidad a partir de redes de auto-organización callejera, autodefensa, acción directa y antiasimilacionismo confrontantivo sin ańimos de caer bien. Una red de apoyo mutuo tejido por travas pobres diríamos acá y mariquitas con mucha pluma la mayor parte de ellas menores de edad expulsadas de sus casas, sin modificar un ápice su idiorritmia e idiosincracia para comparecer ante los tribunales de la anormalidad aceptable que el binario heterosexual permite como una limosna cada vez que da refugio: STAR no tenía reglas ciudadanas. Su solidaridad informal se conectaba con la delincuencia y el odio a la policia desde tiempos anteriores incluso, como se puede rastrear, no solo a la conformación de la casa, sino a Stonewall mismo. STAR, grupo multiracial revolucionario, no pretendió en ningún momento formar parte de los cálculos de la respetabilidad de la transexualidad LGTB gestionada binariamente moderna. Por el contrario, bajo la premisa del apoyo mutuo salvaje, se postularon como una variante diferente al proyecto colonial gay blanco de clase media asimiladxs y educadxs que se apropian de sus luchas. Star, las estrellas desterradas del sistema que alzan la voz. Hacer la calle, ser de la calle, callejeras con orgullo crítico que no tuvieron el apoyo de la comunidad lgtb y fueron concientes que su rumbo no binario no era válido ni iba a ser deseado por las multitudes subyugadas por los poderes heterosexuales de la inclusión, la tolerancia, el respeto y algún que otro buen sueldo como funcionario estatal o de organismo internacional. Y en vez de llorar por su destino, se lo escupieron en la cara a quien correspondía.

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Pero el academicismo atrapó lo queer y lo volvió teoría usable hasta por el más rancio hetero-queer. La tolerancia, solo aceptada por los consumidores, hizo el resto. El pacifismo gay vehiculizó el intento neoliberal de frenar la revuelta de formas de vidas no reproductivas que le decían en el presente un no a ese futuro en el cual estamos siendo ahora sin saber bien cómo. Salir del armario para pasar a la visibilidad de meterse en los estrechos marcos que la heterosexualidad permite: familia, pareja, adopción, trabajo formal, ciudadanía. Como ya lo advertía Sylvia: “la gente oprimida se puede convertir en opresora”.

Así, la autoorganizacion y la autogestion se vieron resentidas y sustituidas por apleaciones a las instituciones delegando el trabajo -especialmente el de la empatía radical, el autocuidado en manada, la autodefensa- que una debe hacer entre todas a burocratas y funcionarixs institucionales corrompidos por los dispositivos institucionales. Pero la fiesta acrítica e ingenua de la igualdad sexual y de género que celebran los asimilacionistas esconde una mueca fascistizante. Los hombres gays tomaron los restos de stone wall y lo usaron, post pandemia del VIH, para sus fines y beneficios políticos, sus políticas sanitaristas, militaristas, matrimoniales, educativas y obviamente inclusivas dentro el regimen heterosexual. Como era esperable, las reivindicaciones asimilacionistas han tenido eco en el público y difusión mediática porque decir “los mismos derechos” no solo ahoga todas otra forma de supervivencia subversiva, legitima y garantiza las formas coercitivas de esos derechos que se desean como si fueran los únicos y los mas empoderadores. Por el camino de la tolerancia, la ciudadanía, la moral, las buenas costumbres, las buenas maneras, el miedo a la muerte, a la libertad sexual, y un largo etc. las minorias sexuales son usadas como justificativos para una supuesta civilizacion superior, occidente, donde según parece todo el mundo es libre, que hace guerras contra otras minorias en otras latitudes en nombre de esas minorias. La visibilidad de formas de vida gayfriendly es considerado el sumum de la evolución y por ende el dispositivo sexo-genero es utilizado para reterritorializar racismo y colonialismo, esta vez con una coartada cuasi infalible y bastante dificil de derribar conceptualmente: porque valores tales como igualdad y libertad son, al fin de cuentas, nobles excusas. Concientes o no, las minorias sexuales, o la diversidad sexual, son manipuladas con fines nacionalistas y racistas. Lo gay se convierte junto al feminismo blanco hegémonico/ transfóbico, putafóbico, legaloide en un reforzador occidental que se piensa a si mismo como libre, liberado, emancipador, libertador, altruista -como si todo eso fuera bueno, sea dicho de paso; del mismo modo que los hombres gays, principalmente, se creen a prioristicamente inocentes y oprimidos, como si una opresión fuera todas las opresiones, incapaces de cualquier acto de discriminacion, aunque ya se sabe que sufrir una opresion no impide ejercer otra.

Sylvia y Marsha son evocadas hasta la fecha como estampitas festivas de un pasado que no vivimos ni conocimos y que nostálgicamente añoramos sin atrevernos a realizar las alianzas incorrectamente necesarias para sobrevivir que les supisieron a ellas y a otras. No esperamos que las personas aliadas se sientan a gusto consigo mismas y sus privilegios progres. Esperamos que pongan el cuerpo al enfrentar a otras personas privilegiadas, es decir a los órdenes encarnados hasta en ellos mismos. Mentira, en realidad, no esperamos más nada.

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