Sus leyes nos harán más fascistas. Extraño fruto lícito el deseo de exterminio

Sus leyes nos harán más fascistas. Extraño fruto lícito el deseo de exterminio

Eugenia Debs ft. Dean Spade. San Esteban. 2018

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¿Qué resuelve y a quién contenta el sistema pena?

Sin duda, nada. Pero sabemos de sus efectos. Uno de los principales: la obturación de mecanismos paralelos de resolución de conflictos, por mencionar solo uno muy abarcativo.

El sistema penal es una máquina burocrática industrial de estigmatización que reduce las complejidades a estereotipos, donde una misma tipificación es utilizada para distintos sucesos sin que exista el más mínimo gris por los caminos. De hecho, la vida social no es factible de ser vivida o resuelta a través de la penalización y punitivización de todos sus exabruptos, fenómenos y estallidos.

Pero peor que el sistema penal son las subjetividades que funcionan a nivel molecular mas microfacistamente que el mismísimo sistema penal, que de acuerdo a esta lectura se trata de otro de los aparatos represivos del estado, a partir de la sacralización y divinización de la democracia parlamentaria y sus poderes, entre ellos el judicial, y demás de sus ficciones. De allí que algunas de las tendencias que intentan no apelar a los mecanismos represivos sostengan una política de la prevención tanto como de la resolución de conflictos por otras vías, un sistema de interdependencia empática comunitaria entre deseos para contrarrestar los efectos del sistema penal que se ejecuta mas allá de las voluntades de las personas que formen parte en el proceso. Es decir, no se trata de malas leyes, justicia patriarcal o jueces corruptos, que pueden ser reemplazados sino de otro sistema, no necesariamente pacífico o no conflictivo o impoluto, de solución que subjetive a quienes participen en otro sentido y no les erija en jueces supremos sedientos de sangre y abone las arcas imperiales de la industria carcelaria, de la cual el sistema penal, no puede desdecirse.

En el telón de fondo de los movimientos punitivistas, del cual los feminismos hegemónicos y profesionales y el imperialismo gay con su pink washing hacen parte, les guste o no, lo que se encuentra es por un lado un tremendo miedo negacionista a la violencia y la incapacidad o desinterés de ver quién la fomenta y a qué fines e intereses responde, como si el sistema penal no fuera violento, o como si la cesión del monopolio de la legítima violencia por vía judicial fuera menos violenta. Por algún motivo el verdugo llevaba cubierto el rostro en su oprobioso y necesario oficio cuando compartía cadalso con la víctima propiciatoria que religaba a las comunidades en torno a un crimen legal.

De allí que este afamado estudioso trans, Dean Spade, en su texto ya clásico, derribe una serie de mitos sociales que configuran nuestra sociedad contra la usual tendencia asimilacionista de festejar fuerzas de ocupación trans:

1. criminalizar o patologizar no detiene ni reduce la violencia

2. la cárcel está llena de gente pobre, marginalizada, racializada y discapacidad

3. todo el mundo viola leyes porque una vida dentro de la legalidad absoluta es imposible, porque la legalidad está hecha, siguiendo a Foucault, para singularizar y construir al criminales

4. las mayores violencias suceden entre personas que se conocen

5. la violencia sexual y de género es tanta que no es realista encerrar a todo el mundo

6. la criminalización y patologización, además de una cesión sin remedio de poder, supone no aprender jamás cómo lidiar con los conflictos

7. las personas más peligrosas y violentas son personas legales del bien: banqueros, empresarios, militares, policías, etc.

8. las cárceles son campos de exterminio legales cuya función es canalizar dentro de un marco político aceptable nuestros deseos de exterminio a través de instituciones, que suponen asimismo, con nuestro beneplácito, la privación sistemática e institucional de la libertad, la atención médica, y conduce a una gran cantidad de población sometida a ataques físicos y violencias varias

9. la criminalización por supuesto aumenta la industria punitiva y todos sus aparatos

Pero en el fondo de los deseos exterminadores más devastadores de los seres humanos se encuentra un cuento contado uno y mil veces hasta creer en él: que quién mal anda mal acaba, cuando para terminar mal, solo es necesario que sea necesario un chivo expiatorio, y el resto se monta. De allí la necesidad extrema de desmitificar el sistema penal, la cárcel, las legalidades, y la industria de la judicialización.

Por supuesto, siempre que se intenta dar este debate no falta quien nos haga, y no se haga, la pregunta de qué a hacer con ciertas figuras de lo más repulsivo, como el violador, en vez de pensarnos contra carceleros y represores y organizarnos contra ellos y en torno a ellos sin soluciones maniqueas porque en última instancia soportar la complejidad de que las cosas no son o esto o aquello es el precio que se abona por la lucidez de entender que tantos los derechos para una película como para otra ya estaban vendidos en ambos casos solo que cuando se trato de Aileen Wournos se la necesitaba en la silla eléctrica y cuando se trató del mediático caso #metoo del asqueroso de Harvey Weinstein el contrato de “When this is all over” se lo manejaba él, y acá sigue en pie.

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