Sobre el suicidio: notas para dejar morir

Sobre el suicidio: notas para dejar morir de una amiga en chile

gatoTomarse en serio el suicidio no implica necesariamente desear la muerte, hablar del suicidio no es precisamente pedir ayuda, y si lo es, no es muy distinto a otras formas de pedirla, después de todo vivimos gracias a otrxs y a merced de los encuentros, los afectos y las intensidades .

Foucault decía en una de sus últimas entrevistas que era partidario de iniciar un combate cultural para reenseñar a la población que no había conducta más bella y que mereciese mayor atención que el suicidio. Trabajar el suicidio debería ser, después de todo, una labor de toda la vida, afirmaba.

Reconocer cuáles son las fuerzas que nos componen y descomponen, conocernos y establecer cuáles son los límites de una vida vivible, cuánto tolerar, qué tipos de venenos destruyen nuestras partes constitutivas (sean amistades podridas, familias, una enfermedad, un dolor demasiado grande, etc.) y qué intensidades las potencian.

Tomarse en serio el suicidio, es después de todo, tomarse en serio la vida, saber reconocer sin angustia la muerte. Trazar  un programa ahí donde todo parece cajanegrizado. Tomarse en serio, sobre todo, que lxs otrxs existen con nosotros, pero que no nos pertenecen, como tampoco nos pertenecen sus decisiones, pues al final, no los conocemos demasiado.

Se puede entender la tristeza al ver un cuerpo con quien nos afectábamos descomponerse, y esa tristeza es, de alguna manera, semejante a  la que debería desencadenarnos la perdida de cualquier ser vivo, independiente de su condición “humana”. Lo que no se puede entender es que insistamos en que ese ser extienda su existencia a causa de nuestro dolor, eso es una mezquindad intolerable.

No se puede entender que ahí donde ya no existe posibilidad revertir algo, donde existe solo la impotencia, venga alguien a ofrecernos amor, paz espiritual y sanación, cuando debería estar ofreciéndonos cianuro o benzodiacepinas . No debemos olvidar el grito de Artaud, “Soy el único juez de lo que hay en mí”. Tampoco el de López-Petit “sé muy bien qué me pasa. Y sé que, en el fondo, soy el propio culpable de mi sufrimiento. No encajo en este mundo”. A estas alturas, realmente, no se entiende que algunas personas pretendan expropiarnos de nuestro sentir y obrar. Lo esperaríamos del imperio médico, del manicomio, de la escuela, de las sectas religiosas, pero no de las amigas que dicen afectarse con nosotros, que predican nuestra autonomía y respeto, pero se espantan y hieren personalmente cada vez que afirmamos que deseamos morir.

No queremos adiestrarlas, ni tampoco que entiendan, queremos que nos dejen vivir y morir en paz, no queremos sus consejos sobre cómo tolerar algo que hemos definido de antemano y sobre nuestras facultades, perturbadas o no, como intolerable. Si nos han de ayudar que sea reconociéndonos y afectándose con nosotros cada vez que logramos salir salpicando de los estanques donde se hunde la felonía de la vida. La vida no es bella, y no necesariamente habrá luz al final del túnel, sobre todo, no todas las luces brillan de la misma manera para todxs, algunas nos ciegan, siempre dependerá de nuestra capacidad de tolerarlas. Si nos quieren ayudar, hablemos de la muerte, conversemos sobre métodos para morir, expropiémosle el saber de la muerte voluntaria a psiquiatras y moralistas. Permítannos decidir, ser contra la obediencia, aun cuando sea a costa de dejar de se

Anuncios