A los apropiadores de bienes intangibles 

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Acceder a conocimientos que permitan fugar del heterocapitalismo ha sido siempre una necesidad vital para quienes nos situamos en/desde diversos márgenes. Saber leer cuáles son esos márgenes es la tarea más difícil, porque solemos pensar el acceso a estas ideas como nuestro “derecho”, entonces, actuamos contra cualquier barrera que lo impida, aun cuando esas barreras sean lxs propixs productorxs de las ideas.

La tarea de leer los márgenes es más compleja, insisto, porque hay que mirar los centros. A estas alturas de la guerra, en todo caso ya deberíamos saber que no es lo mismo apropiarnos de las ideas de las muertas que de las vivas, ya deberíamos saber que no es lo mismo liberar un texto de una académica primermundista para su circulación libre entre las maricas de sudakalandia que hacerlo con producciones locales de apostatas del heterocapitalismo que han decidido finalmente, vivir como piensan, vivir contra la hostilidad general, asumiendo los costos.

Esperaríamos, aunque ya nada esperamos, que las ideas que circulamos sirvan para algo y para alguienes. Esperaríamos, por ejemplo,  que la amistad política no sea solo una declaración de buenas intenciones y que la tarea de construir redes amicales (o de solidaridad, apoyo mutuo, etc) entre lxs fugadxs tenga efectos reales que permitan a quienes  hemos decidido desertar del heterocapitalismo y sus lógicas de muerte, vivir vidas que de otra manera no serían vivibles.

Esperaríamos que las formas no secuestren los fondos, esperaríamos que entendieran que nos apropiamos de los materiales e ideas de otros no con un afán de erudición y más por la necesidad de armas para esta guerra en curso. Esas armas no son solo ideas, a estas alturas de Spinoza, esperaríamos que entiendan que no pensamos y luego existimos, que existimos pensando y asegurar la existencia no es un juego, al menos no para nosotras que nunca conocimos el welfare ni las becas de estancia académica. Para nosotras, que sabemos desde Tiqqn que para comunizar la vida no hace falta ir a vivir al campo, que ya parece un anacronismo a estas alturas de internet. El mismo internet que nos permite acceder libremente a las ideas de gentes de diferentes latitudes puede permitirnos también agenciamientos antes insólitos, afectaciones, encuentros. De nosotras depende ir contra el desierto, leer los márgenes y actuar en consecuencia.

De modo que nos cuesta entender a aquellxs que en la búsqueda de sus propias fugas, que creemos son también las nuestras,  no se interesen si quiera por nosotras, actuando con la potencia elevada a cero, desafectadxs, impotentes. Cuando precisamente la liberación de materiales la hacemos pensando en ellxs, en las marikas de ala rota, en las discas, en las anarkistas en las maritransestupendas que resisten al heterocapitalismo. No hablamos de libertad, de libertad hablan los libertadores, a estas alturas de la biopolítica la libertad es imposible, buscamos amigas, cómplices para fraguar nuestra venganza, redes de apoyo que nos permitan vivir y encontramos hostilidad y delación, juegos cruzados de cuál actitud es moralmente más libertaria. Nosotras no queremos acusarlas, ya no tenemos tiempo ni ganas de acusaciones morales, nos persigue el Estado, la corrección política, la heteronorma, el capacitismo, las feministas,  simplemente ponemos una alerta en donde se profundiza el desierto, una georreferenciación.

No se trata de cuánto dinero, ni de cuáles actitudes, se trata de cuántos afectos, de cuántas redes, cuán profundas. No se trata de la supervivencia, se trata de qué supervivencia. A lxs apropiadorxs de bienes intangibles, que nos critican con frases de Foucault, lo hemos leído, pero lo leímos menos para pensarnos con complejo de superioridad moral y más como una invitación insurreccional contra los códigos institucionales que no pueden convalidar estas, nuestras relaciones de intensidades múltiples, colores, variables, a ratos imperceptibles, cambiantes, que introducen amor donde debería haber norma, que introducen afectos donde debería haber un “te ofrecimos mil pesos por libro, de qué te quejas”.

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